Los intercambios culturales me parecen la mejor herramienta para combatir las diferencias y demostrar que a pesar de nuestro idioma, de nuestras tradiciones, de nuestra cultura, todos los seres humanos somos esencialmente iguales y tenemos las mismas necesidades, los mismos anhelos y dificultades. Las becas Erasmus son un super invento de la Unión Europea para entender Europa, acercarnos a los ciudadanos de la Unión e igualarnos frente a nuestras diferencias. Estas becas acaban de cumplir 35 años y desde entonces han posibilitado el intercambio de más de 10 millones de personas! Yo fui una de ellas. Recuerdo como si fuera ayer cuando tuve que elegir qué carrera estudiar… no lo tenía claro pero lo que sí que sabía es que quería irme de Erasmus. Efectivamente, cuando llegó el momento, me presenté a los exámenes de idiomas, pasé las pruebas, y aterricé en Innsbruck (Austria) a disfrutar de mi nueva vida estudiantil en pleno corazón de Europa y de los Alpes!

Y aquí estoy de nuevo. Desde hace casi 4 años vivo con mi familia en Innsbruck y aquí nuestros amigos son de todas partes, de cualquier origen, edad o profesión, algo que cuando te quedas en tu ciudad de origen es más difícil porque siempre se te identifica como hijo de, estudiante de tal colegio, tal carrera o vecino de tal barrio y esas etiquetas automáticamente generan diferencias.

Aquí en Austria somos un grupo de amigos españoles de distintas ciudades, edades, orígenes, pero es más lo que nos une que lo que nos separa. Todos llegamos hasta aquí por motivos profesionales, atraídos por una empresa con unos valores, por un destino que ofrece deporte y naturaleza y una lengua complicada, que nos hace unirnos más ante la adversidad. Al poco de conocernos nos convertimos en hermanos del alma y aunque nuestras ideologías difieran, nos sentimos como de la familia. Lo mismo sucede con extranjeros de otras nacionalidades, todos vivimos fuera de nuestra zona de confort, lejos de nuestras familias y nos sentimos conectados por el mismo propósito y plan de vida.

Ese sentirse ciudadano del mundo es uno de los principales motivos que nos llevó a mi marido y a mí a movernos, porque queríamos que nuestros hijos crecieran en un mundo sin fronteras, en un mundo donde nadie es más o mejor por ser de un determinado país y donde todos deberíamos tener las mismas oportunidades. Evidentemente muchos días me cuestiono el tema de las raíces, algo que no dejamos de cultivar yendo a España, a Madrid y a Mallorca siempre que tenemos ocasión, pero nos parecía importante que crecieran con la mente abierta, sintiéndose cómodos viviendo en cualquier lugar del mundo.

Desde pequeña yo misma recibí esa educación, alumna del liceo francés de Madrid, tuve compañeros de distintas nacionalidades siempre y cuyos padres estaban sometidos a mucha movilidad. Por tanto no era raro que a mitad de curso llegara alguien procedente de otro país o que nos dejara. Como hablamos con mis hijos, hay que sumar amistades en los distintos países o ciudades por lo que pasas y no sentir que los pierdes cuando cambias de ubicación. La red de personas que tejes a lo largo de tu vida es para siempre y es fundamental mantenerse en contacto con el paso de los años.

He tenido la suerte de pasar temporadas en distintos países, de trabajar en el extranjero, y atesoro una colección de amigos y conocidos que son para mí un valor fundamental y para mí el mayor placer es poder organizar viajes a destinos donde visitar a personas que siempre te acogen. Aunque hayan pasado los años, siempre hay algo que te une, aquello que en su día os unió, nunca desaparece del todo.

También debo reconocer una cosa y es que conocer distintos países, culturas y personas hace que siempre dejes un trocito de tu corazón en cada destino y probablemente, lo ideal sería poder vivir en un lugar que aunara lo bueno de cada sitio. Como eso es difícil, lo que hay que hacer es mantener vivas esas amistades y seguir viajando siempre que se pueda. Para mí eso sin duda es la libertad y sentirme ciudadana del mundo, aunque muy española también, mi mejor regalo.

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