Día internacional de la Mujer

No soy extremista ni reivindicativa, más bien todo lo contrario. Busco siempre el equilibrio, el entendimiento, el acuerdo… Suelo evitar los conflictos. No digo que sea bueno, pero es mi carácter. Con todo y con eso, es cierto que el Día internacional de la Mujer sigue teniendo sentido para mí. Y aunque estoy saturada de eventos, de reivindicaciones, de mensajes en favor de la mujer, tanto bombardeo concentrado en un día llega a cansar… sigue siendo necesario. ¿Por qué? Porque nacemos y crecemos en un mundo que está diseñado y gobernado por los hombres, y aunque somos más numerosas, tenemos más inteligencia emocional, somos más flexibles y somos muy capaces… ¡seguimos siendo invisibles! Evidentemente ¡hemos mejorado! No es cuestión ahora de analizar ratios y porcentajes, lo comenté en mi post sobre el techo de cristal, es claro que la desigualdad sigue existiendo. Existe voluntad de cambio, el debate está en la calle, pero las estructuras no ayudan.

En mi caso, nunca he sentido esa desigualdad o discriminación a lo largo de mi carrera profesional, pero sí es cierto que crecí y me formé con la idea de que me iba a comer el mundo, de que quería hacer muchas cosas y nunca pensé en lo difícil que era hacer todo eso compaginándolo con una familia, con mi faceta de madre, de esposa, de cuidadora… Eso inevitablemente te frena en un momento dado, te hace replantearte prioridades y sobre todo, requiere de una gran organización y energía para poder compatibilizarlo todo porque a día de hoy, todo el sistema está diseñado para que seamos las mujeres quienes nos hagamos cargo en la mayoría de los casos, del cuidado de nuestros hijos y de nuestros mayores. Y eso tiene un precio. Por tanto, no es tanto que el mundo profesional nos lo ponga más difícil, que también, sino que la sociedad no acompaña con hechos. Es cierto que el discurso ha cambiado pero no existen las medidas, no existen los mecanismos que permitan que padres y madres cuidemos de nuestros hijos y de que eso no afecte de alguna manera a nuestra carrera profesional. En la mayoría de los casos, las mujeres nos vemos obligadas a elegir, si no para siempre, para una temporada que suele durar la crianza de nuestros hijos, y eso suele tener un efecto en nuestra trayectoria profesional.

Y si decides apostar por tu carrera, no tener hijos o si los tienes, que los cuiden otras personas, la culpa o los comentarios de otros siempre te acompañarán. Y más allá de la opinión que otros puedan tener sobre tu elección o tu camino, es cómo se valora o se entiende nuestra voluntad de crecer, nuestra ambición, nuestra valentía y nuestra fuerza.

Para mí, sin duda el precio más grande a pagar es el de renunciar a nuestros sueños. Por supuesto, nuestra prioridad es tener las necesidades cubiertas, pero una vez que tenemos eso asegurado, tenemos que poder cumplir con aquellos sueños que ambicionábamos cuando nos estábamos formando. Y cómo cuesta perseverar cuando te tienes que ocupar de mil cosas en el día a día, cuando caes en la cama rendida cada noche o cuando tienes que tener flexibilidad absoluta para ajustar tu agenda a las eventualidades y necesidades de tu prole.

Si algún día mis hijos leen estas líneas, no quiero que piensen que renuncie a nada por tenerlos, elegí tenerlos. Siempre quise ser madre, tener una familia numerosa y quiero que sepan que son lo más importante que tengo en mi vida, sin duda. Pero tampoco quiero renunciar a mi carrera, no quiero renunciar a nada, quiero vivir todas las facetas de mi vida en plenitud y para eso necesitamos una sociedad que nos apoye. Mis hijos se merecen una madre alegre, con energía, plena, y que no tenga que hacer mil sacrificios y se sienta amargada por tener que renunciar. Ese fue uno de los motivos que me llevó a emigrar a Austria, pero de eso hablaré en otra ocasión.

Día internacional de la Mujer según UNESCO

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